MADRID (apro).- Prácticamente todos los gobiernos miembros alrededor del mundo asumen las directrices del Fondo Monetario Internacional como si se tratara de la palabra de Dios. Y, aunque pataleen, todos acaban sometiendo a sus gobernados a las duras recetas de este organismo supranacional, que se supone el centinela de la estabilidad financiera de la economía mundial.
Sin embargo, este guardián de la economía mundial no es tan riguroso a la hora de aplicar sus propias directrices internas, en particular la relativa a los “máximos estándares éticos” que deben regir a sus directivos, si partimos que los tres últimos directores gerentes han estado envueltos en procesos judiciales –por causas muy distintas–, lo que no habla bien del propio organismo. Me refiero al español Rodrigo Rato y los franceses Dominique Strauss Kahn y Christine Lagarde, por cierto, directores gerentes de forma consecutiva.
El FMI exige a sus directores gerentes “los máximos estándares éticos”, entre ellos la “integridad, imparcialidad y discreción”, que ninguno de los aludidos acata.